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2016.12.12 

Lib y otra miembro del personal de O.S.G. jubilada, Beth K., recalcan la dedicación de Ann al programa de recuperación de A.A.

“No quería que a A.A. le sucediera nada negativo,” dice Beth. “Estaba muy apegada al espíritu de las Tradiciones y no podía quedarse callada si había una violación de las Tradiciones. No era una persona que hiciera juicios de nada ni de nadie, y por eso era una participante eficaz en todos los aspectos de la vida. Gracias a su dominio del francés podía contestar las cartas de muchos alcohólicos a quienes de otra manera no hubiéramos podido alcanzar.” Tanto sus amigos como sus colegas comentan sobre la capacidad de Ann para estar por encima de las disensiones y murmuraciones. “Decía amablemente, ‘no hablamos de esto’,” recuerda Lib. “Era muy leal y una inspiración para mí; de hecho, le puse su nombre a mi hija.”
Por tener una dignidad que podía ocultar su inclinación a lo caprichoso, Bob P., antiguo gerente de la O.S.G., le llamaba “la reina”. Frank R., un custodio Clase B (alcohólico) del Este de Massachussets, reconociendo su inquebrantable lealtad a los principios de A.A. le puso el apodo de “la roca.” Y Dennis Manders, contralor/administrador de negocios de la O.S.G. de 1950 a 1985, y hoy día asesor del Comité de Finanzas y Presupuestos de los custodios, apreciaba mucho su temperamento alegre. “Solía llamarla Ann M., ‘mi querida,’” dice cariñosamente. “Era una de las personas más dulces y amables que he conocido, y tenía una gran compasión.” Susan U., actual miembro del personal, dice “En las reuniones Ann siempre tenía algo contundente que decir. Cuando nos poníamos a resolver un problema, ella siempre era una parte importante de la solución.”
Una de nuestras favoritas “historias de Ann” se remonta a los años sesenta cuando la O.S.G. se encontraba en un viejo edificio de la calle East 45th de Manhattan. Justo antes de la Navidad, la gente de la oficina había decorado cuidadosamente un pequeño árbol para alegrar el entorno. “Un día,” cuenta Beth, “llegamos por la mañana y nos encontramos con que el árbol había desaparecido. La policía siguió una pista de guirnalda plateada desde el piso 18 hasta la puerta de entrada del edificio. Y luego nada. Todos nos quedamos perplejos y nos imaginamos que un criminal estaba acechando las instalaciones. El día siguiente, para nuestro gran asombro el árbol reapareció como por arte de magia, con algunas guirnaldas de menos pero aparte de esto sin daño. Sucedió que Ann que lo había tomado prestado para una fiesta de la Sociedad Jungiana que se celebró a unas pocas cuadras de la oficina. Ella se quedó sorprendida por el lío que había causado.”
Por aquel entonces y durante el resto de su vida, Ann era una gran partidaria del psicoanalista Carl Jung, que había mantenido una correspondencia ahora legendaria con Bill W. Los dos hombres creían que para los alcohólicos es esencial tener una base espiritual para mantener la sobriedad. (Según Jung explicó en una carta a Bill fechada en 1961: “alcohol en latín se dice ‘spiritus’ y se usa la misma palabra para denominar la más sublime experiencia religiosa y el veneno más depravador. Por lo tanto, la fórmula útil será: spiritus contra spiritum.” El lenguaje del corazón, pág. 281).
En años posteriores Ann fue una figura impresionante, su pelo canoso enmarcando una complexión delicada, realzada por los verdes y azules de los pañuelos que solía llevar. En las reuniones y congresos en los que se efectuaba una cuenta atrás de sobriedad, Ann se ponía de pie al oír 50, y luego 51, 52 y finalmente 53 años. Los A.A. reunidos en la sala siempre vitoreaban y aplaudían y ella se quedaba allí de pie con una expresión tranquila como si se sintiera ligeramente asombrada por sus propios logros.