AA
2016.12.12 

Hasta hace dos años, cuando ya no podía salir de casa sola, Ann se presentaba todos los miércoles por la mañana en el intergrupo para contestar los teléfonos.

“Llegaba a las 8:30 en punto,” dice Bob R.,” apoyada en su bastón y con una bolsa con café y un pastel. Incluso venía cuando hacía muy mal tiempo, días en que los voluntarios más jóvenes llamaban para decir que estaban ‘enfermos’.” Un día, dice, “pasé por su despacho para charlar como de costumbre. Ann me vio la cara con expresión algo severa y me dijo, ‘Bob, ¿qué te pasa?’ Y le respondí ‘Me siento frustrado porque la gente no me escucha ni hace lo que le pido. Ann, ¿qué haces tú para superar estos problemas?’” Bob hace una pausa para saborear el recuerdo y dice: “Me miró, se sonrió y respondió, ‘No les pido que hagan nada.’ Así era Ann, y con ella perdimos otro parte irremplazable de la historia de A.A. La echo de menos.” Y todos los que tuvimos el privilegio de conocerla la echamos de menos también.
Box459 febrero- marzo 2002