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2020.02.20 

‘Una clase especial de servicio de A.A.’. Las personas que están presas suelen decir que son “invisibles” ante el mundo en general.

Para los alcohólicos que están tras las rejas, esa invisibilidad es doble, ya que a menudo sienten que tienen que esconder la enfermedad de los otros presos que sí los ven. El dolor, el miedo y el aislamiento causados por mantener ese secreto crean una prisión dentro de la prisión. Es por este motivo que A.A.
organiza a voluntarios que llevan reuniones y brindan un espacio seguro para los alcohólicos enfermos que sufren y que necesitan hablar con otras personas como ellos.
Si bien hay cientos de reuniones de A.A. que se llevan a las cárceles de todo el país, sigue siendo difícil encontrar voluntarios que estén disponibles y puedan llevar a cabo este vital servicio. Entre los factores que dificultan este servicio están las limitaciones de tiempo y la lejanía de las instituciones, además de los pasos a menudo complicados para obtener autorización y la necesidad de llenar muchísimos papeles.
Sin embargo, hay otra forma de llevar el mensaje tras los muros. Una de las formas más reconfortantes y menos conocidas de hacer el Paso Doce, en el que un alcohólico extiende su mano a otro alcohólico, es a través de la práctica tradicional y efectiva de escribir cartas. A lo largo de la historia, la pluma ha demostrado ser más fuerte que la espada, pero en este caso, no solo es fuerte, sino que puede salvar una vida.
Extender la mano a un completo desconocido era lo último que se le hubiera ocurrido hacer a Aaron B. Cuando bebía, su forma de ser era muy parecida a la de otros alcohólicos: egocéntrica y egoísta al extremo. Pero todo eso cambió poco tiempo después de que Aaron lograra la sobriedad en 2008. Un amigo se ofreció a llevarlo a una reunión en un centro de detención juvenil en el estado de Washington.
Aaron quedó inmediatamente impresionado por la fuerza del ambiente y la sed de recuperación que vio. Comenzó a asistir regularmente al centro y en poco tiempo asumió un compromiso sólido de servicio. Aaron había pasado por una niñez difícil, lo que le hacía relacionarse bien con los jóvenes en las reuniones. Se identificaba directamente con el abuso de alcohol, el “bullying” y el miedo que sentían.
Pero cuando Aaron comenzó a disfrutar de los beneficios de la vida en sobriedad — un buen trabajo, un matrimonio feliz y el nacimiento de su primer hijo — se le hizo cada vez más difícil lidiar con todas sus responsabilidades, especialmente estar presente para su trabajo y su familia y a la vez desplazarse largas distancias hasta el centro. En poco tiempo, luego de tomar la dura decisión de abandonar su compromiso de servicio, se dio cuenta de lo importante que había sido para él, por lo que se ofreció como voluntario para ser coordinador de correccionales de distrito en Renton, Washington. Si bien disfrutaba del puesto, seguía extrañando el trabajo individual con alcohólicos presos. Mientras prestaba servicio como coordinador de correccionales, Aaron leyó un folleto sobre el programa de correspondencia de correccionales (“Correspondencia de Correccionales — Una Clase Especial de Servicio de A.A.”, disponible de la OSG). Inmediatamente llenó el formulario que aparece en la parte de atrás del folleto y pidió que lo conectaran con hombres que estuvieran cumpliendo condenas en la prisión, y que habían solicitado tener contacto con gente de A.A. de afuera. No tenía idea del impacto que iba a tener.
“Siempre me gustó escribir, pero no me esperaba todo lo que sucedió”, dice. Como es típico en A.A., Aaron se daría cuenta de que, con su voluntad de ayudar a otros, la persona que realmente se benefició fue él. “El milagro de mi vida es que compartiendo a través de cartas con hombres que son iguales que yo, no me he tomado ni un trago”.