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2016.11.01 

■ El Anonimato –– Cuando el principio se lleva a la práctica

Nuestro primer encuentro con el principio del anonimato cuando somos principiantes en A.A. suele ser simple: se nos asegura que no se dirá a nadie que hemos recurrido a la ayuda de A.A. para nuestro problema con la bebida. Poco después, puede que nos enteremos de que aunque somos libres para revelar (o no revelar) en nuestras vidas personales que somos miembros de A.A., ningún miembro de A.A. debe nunca revelar su identidad como miembro de A.A. en ningún medio de comunicación público.
Pero a medida que “crecemos en entendimiento y eficacia” puede que nos encontremos en situaciones en las que la práctica de este vital principio espiritual requiera una consideración más profunda que un simple sí o no.
Una mujer, miembro de A.A., se encontró recientemente en tal situación. “Soy una miembro de A.A. sobria. También soy asistente social en una gran ciudad”, comentó recientemente con el coordinador de Información Pública de la OSG durante una llamada telefónica. “Eso significa que por ley se me requiere dar parte de cualquier situación en la que esté en peligro el bienestar o la seguridad de un niño”. Esta persona (que pidió que se omitiera su nombre para evitar identificar al grupo o a los individuos involucrados) ha estado sobria bastante tiempo, y sabe que al participar en A.A. no lo hace en capacidad profesional. Pero cuando estaba en una reunión y otra mujer, claramente intoxicada, llegó con un niño en los brazos, se alertó su radar profesional. “No dije nada durante la reunión”, comentó, “pero no se podían ignorar las llaves del coche que la mujer intoxicada llevaba en las manos”.
Tan pronto como terminó la reunión, esta miembro habló quedamente con unos pocos miembros del grupo. Uno de ellos conocía al padre del niño, y se le llamó por teléfono. Luego el miembro le comunicó a la mujer que tenía que hacer otra llamada: esta vez al 911. “He estado antes en estas situaciones fuera de A.A., así que sabía cómo manejarlas. Los profesionales que llegaron eran tranquilos y eficaces. Le explicaron a la mujer que estaban allí para ayudarla a conseguir atención médica, y ella reconoció que necesitaba ayuda. Cuando llegó el padre del niño para recogerlo —él llevaba algunos meses sobrio–– todos los presentes respiraron aliviados sabiendo que se había buscado la seguridad de todos los involucrados de la mejor manera posible”.
Esta miembro dijo que también había sido útil hablar después del asunto con algunos de los recién llegados al grupo. “Sabíamos que podía ser una situación algo confusa”, dijo, “así que dedicamos tiempo a explicar que nuestros principios espirituales no están por encima de las leyes de nuestra comunidad”. (Este mismo principio se ha considerado anteriormente en un artículo titulado “A.A. y la ley” publicado en en el número de otoño de 2010 de Box 4-5-9).
Otro miembro de A.A. llamó recientemente al despacho de IP para hablar de una inquietud de otro tipo relacionada con el anonimato. Este miembro trabaja en el campo de enfermería y recientemente se encontró con un grupo de estudiantes de enfermería que habían sido invitados a una reunión abierta de A.A. para enterarse de A.A. como recurso.
“Me doy cuenta de que si asisto a las reuniones abiertas corro el riesgo de que me vean personas que no son miembros de A.A., y que esto puede tener un impacto en mi anonimato personal y, posiblemente, en mi vida profesional”, dijo. “Ya hace tiempo que me he sentido cómoda con este nivel de riesgo. Pero se me ocurrió que podría haber otros miembros, tal vez algunos recién llegados, que también trabajan en un campo profesional en el que la etiqueta ‘alcohólico’ puede causar problemas en sus carreras”.
Ella decidió compartir sus inquietudes con el comité de CCP local que estaba ayudando a los estudiantes de enfermería. “Con toda seguridad yo no estaba esperando que dejasen de tender la mano a los profesionales”, dijo ella. “Simplemente pensé que una mayor comunicación con los grupos locales ace